lunes, 29 de agosto de 2011

La biblia

   "El oro indiscutible del anillo marcó un antes y un después en las dos lunas del silencio. Cuando parado sobre la vereda susurró: "nadie pensará en mi al llegar el crepúsculo", el cielo vidalitá se paró inoportuno.
   Anamantu, después de horas de trabajo, se encerró en su cielo oscuro, con puertas en los techos y ventanas en el piso. Pensó en los tiempos de penumbras con Chadi, en las mañanas calurosas con Durham, en las tardes de timidez con Emai...
   Cada minucioso atardecer se vistió de negro. No negro luto. Sólo negro. Caminó por el cielo como si las horas no pasaran nunca. Habló con los mudos. Le cantó a los sordos. 
   Cuando el crepúsculo cayó, nadie pensó en él. 
   Anamantu no tuvo esperanzas. Se carcomió los miedos por las noches y en las mañanas repitió su vida. No tuvo hijos. Sólo soledad. 
   Se levantó un día soslayado por el otoño. Tomó del armario a la muerte y la obligó a bajar:
         - Acá están los papeles.
         - ¿Nombres, apellidos, todo?
         - Todo lo que necesitas. 
         - Nos vemos, jefe.
         - Suerte.
   La muerte miró sorprendida los nombres de las lunas. Con los papeles celestes en las manos y la mirada perdida en la lástima, prosiguió.
   Luego de varios días, volvió a los cielos. Con ojeras y arrugas.
         - ¿Trabajo terminado?-, preguntó Anamantu.
         - Si, jefe-, y caminó hacía el armario.
   Desde adentro gritó al dios:
         - La raza humana ya no existe. Debería empezar de nuevo. Cuando llegué, estaba todo perdido.
         - Sabía que no durarían mucho. Cuando bajé por última vez, la naturaleza no existía. Voy a dejarle el trabajo a otro dios..."

- ¿Así terminó el primer capítulo?
- Si, ¿te leo el principio del próximo?
- Dale.

   "En el principio creó Dios los cielos y la tierra..."

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